Morfina
Analgésico y calmante poderoso.
Historia
En 1806, el joven farmacéutico alemán Frederick Sertürner redujo el opio a una solución en ácido mecónico que neutralizó con amoníaco. Al alcaloide obtenido lo llamó Principium somniferum opii, por sus virtudes narcóticas, y posteriormente Morphium, en honor a Morfeo, el dios griego del sueño.
Su uso se extendió a partir de 1850 y llegó a estar de moda en la segunda mitad del siglo XIX.
Actualmente, la morfina es objeto de una producción legal y una ilícita, y su uso terapéutico sigue vigente, aunque muy controlado y regulado por prescripción médica con receta cheque.
Composición
Durante el primer tratamiento, el opio se transforma en una "base técnica", de color moreno, conteniendo más o menos 60% de morfina. La segunda operación eleva el porcentaje a 93 o 94% y permite obtener la "morfina base" de color blanco.
Posteriormente puede realizarse una clorhidratación que aumenta el peso entre un 10 y un 15%, dando por resultado el clorhidrato de morfina, que es un polvo blanco muy fino, inodoro, de sabor amargo y soluble en 100 partes de agua fría o 40 partes de alcohol.
Efectos
Efectos inmediatos
- La primera inyección provoca nauseas y vértigo, pero la costumbre a su uso se adquiere pronto.
- Es analgésico y calmante.
- Produce sensación de bienestar.
- Euforia.
- Pasividad.
- Torpeza.
- Depresivo respiratorio.
- Contracción de pupilas.
- Presión intracraneal.
- Vómitos.
- Estreñimiento.
- Insensibilidad al dolor.
Efectos a largo plazo
- Trastornos de humor.
- Dependencia física.
- Dependencia síquica.
- Fuerte tolerancia.
- Somnolencia.
- Apatía.
- Disminución de la presión arterial.
- Retención urinaria.
- Disminución de la capacidad sexual.
- Una fuerte dosis puede provocar paro respiratorio.